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Ernst Jünger fue un importante escritor alemán que, además de desarrollar una importante obra literaria, cuenta en su biografía con episodios en los que experimentó con diferentes drogas psicodélicas, a partir de lo cual produjo algunas de las páginas más lúcidas sobre estas sustancias. Jünger cobró cierta fama por haber sido herido en la Primera Guerra Mundial y recibir honores. Pese a que su pensamiento fue catalogado como conservador, Jünger fue uno de los primeros críticos prominentes del Partido Nazi y de Hitler, rechazando el cortejo que le hizo el Tercer Reich. Fue también una influencia importante en la filosofía de otro gran pensador que de cierta manera se dejó seducir por el nazismo: Martin Heidegger; particularmente, el pensamiento visionario de Jünger sobre los efectos de la tecnología fue importante para Heidegger. Jünger exaltó la vitalidad, los viajes, las experiencias estéticas, el arte, la ebriedad y otros temas afines. Se hizo amigo de Albert Hofmann y experimentó con el LSD y otras sustancias como la mescalina. 

En su texto de 1970, Acercamientos. Drogas y ebriedad, Jünger acuñó la palabra “psiconauta”, en referencia a los mundos internos que podían ser explorados por los individuos que experimentaban con psicoactivos. Jünger consideraba que las drogas psicodélicas podían ser importantes herramientas para la exploración de la conciencia y la generación de estados exaltados que pueden producir transformaciones sociales.

Sin embargo, cabe señalar que Jünger fue menos entusiasta y quizá más lúcido que Aldous Huxley o que su amigo Hofmann y notó que el poder de estas sustancias no era el mismo que el de las experiencias espirituales tradicionales. Sugirió que se debía proceder con cuidado en su ingesta y advirtió que la forma más prudente de hacerlo era consumir psicodélicos con poca frecuencia: “La ebriedad es tanto más fructífera, espiritualmente, cuanto más tiempo medie entre los acercamientos. Una vez al mes es mejor que una vez a la semana, y una vez al año mejor que una vez al mes”. La ebriedad en sus diferentes manifestaciones podía transformar al individuo, pero se debía crear distancia con respecto a la experiencia –no repetirla mecánicamente–, justamente para valorarla en toda su posibilidad luminosa. Su postura no es la de un sibarita, sino la de un epicúreo, quien es consciente de que la procuración del placer depende de la moderación. Pero su epicureísmo es sólo parcial y finalmente es trascendido por su admiración del asceta. Jünger acepta que el placer es espiritual y concede que las drogas son “acercamientos”, pero establece que los más altos placeres, los auténticos jardines de las delicias, están reservados a los santos y a los ascetas. Sobre esto último escribió: 

En su choza en el desierto, Antonio contempló la fuente de toda abundancia; allí tomó forma como fenómeno. Es por esto que el asceta es más rico que el César, el maestro del mundo visible, que se consume a sí mismo en el placer. 

Un muy buen artículo publicado en La Controversia revisa el pensamiento religioso o espiritual de Jünger y señala lo siguiente:

La experiencia de Jünger con las drogas fue bastante positiva, pero no consideraba las sustancias psicoactivas como una vía espiritual, sino más bien como un sucedáneo efímero, un camino paralelo que no siempre lleva al Paraíso: “El tiempo tomado por anticipado en la embriaguez es un robo que se hace a los dioses. He aquí un indicio ex negativo: en las épocas ateístas aumentará el consumo de drogas. Se establece contacto con el Árbol de la Vida”.

El pensamiento de Jünger resulta en muchos sentidos visionario, y aquí encontramos otra muestra. Es indudable que en la época secularizada y secularizante en la que vivimos, el consumo de drogas ha aumentado en gran medida como sucedáneo de la búsqueda de experiencias religiosas. Los mismos psicodélicos han sido llamados “enteógenos” (supuestamente por “llevar a Dios adentro”). De la misma manera que Nietzsche vaticinó que la ausencia dejada por la “muerte de Dios” sería llenada con entretenimiento, con invenciones pseudosagradas y demás, Jünger observa que en la búsqueda de los psicodélicos hay una nostalgia por lo sagrado: “Toda toxicomanía lleva escondida una nostalgia, por tanto, puede curarse: con amor y con grandes ideas, con aventuras, líderes espirituales y religión”. A esto opone la vida contemplativa, el camino interior de la espiritualidad tradicional:

Al eremita no le hacía falta el opio, le bastaban el desierto y la continencia. Es cierto que a san Antonio Abad no se le ahorró el dolor, pero el tiempo tomado anticipadamente no reclamó en él su tributo, como sí lo reclama en el avejentamiento o en el delirio que vemos en los adictos a las drogas. San Antonio Abad sobrepasó los 100 años y conservó en todo momento su lozanía de espíritu.

Las ideas de Jünger sobre las drogas recuerdan en ciertos aspectos al pensamiento de Carl Jung. El psicólogo suizo fue mucho menos entusiasta sobre el uso de estas sustancias, pero hizo casi exactamente la misma afirmación que Jünger (“El tiempo tomado por anticipado en la embriaguez es un robo que se hace a los dioses”)Jung escribió que tomar estas sustancias podía propiciar un conocimiento para el cual el individuo no estaba listo moralmente. A través de la vehemente transformación momentánea que propician las drogas es posible tener un vistazo del estado divino o paradisíaco de la conciencia, pero el individuo que alcanza ese estado por vías químicas no logra asimilar la experiencia e integrarla a su vida diaria, pues existe una enorme diferencia entre su conciencia base y lo que experimenta bajo los estímulos de las drogas. Lo sagrado y numinoso se convierten en algo que puede consumirse a voluntad y violentarse: la ilusión de que la puerta del cielo puede forzarse. En cierta forma puede decirse que el “psiconauta” se llena de una hubris prometeica. Esto es al menos lo que Jünger y Jung sugieren. El segundo, sin embargo, quien no se consideró a sí mismo como un maestro espiritual, admitió su uso e incluso lo celebró dentro de cierta corriente vitalista de su pensamiento, pero fue medido en su exceso y notó que, en última instancia, los psicodélicos eran sólo una excursión –que se pretende atajo– por el sendero tradicional y más profundo del espíritu.

 

También en Pijama Surf: Alan Watts sobre las drogas psicodélicas: ‘Cuando ya has captado el mensaje, cuelga’

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