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el relato que Mary Shelley escribió en una época de enfermedad, hambruna y caos social

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Frankenstein es, fuera de toda duda, una de las grandes obras de la literatura universal, más admirable aún –si cabe– por las circunstancias en que fue escrita. 

Su autora, Mary Shelley, redactó la novela en su forma casi definitiva a los 19 años y durante una temporada semivacacional que pasó en Suiza, en 1816, a las orillas del lago Lemán, adonde se había desplazado junto con su ya esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley, con quien tenía apenas unos meses de casada, Lord Byron (también escritor), John William Polidori (escritor y médico) y su hermanastra Claire Clairmont. Todos buscaban en Ginebra un cierto alivio a la situación crítica por la que atravesaba buena parte de Europa, afectada por una época de enfermedad, hambruna y conflictos sociales desde al menos un par de años atrás. El grupo se acomodó en Villa Diodati, una residencia campestre que Lord Byron había arrendado para vivir una temporada junto con Polidori, su médico personal.

Los días, sin embargo, distaron mucho de ser tan bucólicos como todos esperaban. En cambio, en Ginebra encontraron el mismo clima aciago y adverso que dominaba el resto del continente. Aunado a esto –o a resultas– la compañía inicialmente amistosa pronto derivó en conflicto y tensión. Claire quiso conquistar a Lord Byron, pero este se negaba; Polidori se obsesionó con Mary; Percy se deprimió… 

La convivencia degeneró pronto, y quizá hubiera resultado catastrófica de no ser porque una noche Lord Byron retó a retó a los ocupantes de Villa Diodati a redactar una historia de horror que fuera superior a todas las que conocían y habían leído durante ese tiempo. 

En efecto: los amigos pasaban sus noches entre poemas y cuentos de fantasmas y otras apariciones imaginadas para inspirar miedo. Lord Byron pensó entonces que cada uno de ellos tenía la creatividad suficiente para sumar un eslabón más a la cadena e inscribir sus nombres entre los autores del género.

El primero en destacar fue Polidori, quien redactó en poco tiempo El vampiro, un relato de extensión media que todavía hoy se imprime y se lee.

A Mary Shelley, por su parte, la tarea le fue un tanto ardua al inicio. Varias noches las pasó en blanco intentando encontrar tema para su narración. Hasta que en una de esas veladas, en medio de su insomnio y con una fuerte tormenta azotando las ventanas de su habitación, el relámpago de su genio iluminó su mente y arribó al motivo central de su novela: una criatura casi humana creada a instancias de los dogmas de la ciencia y la ingeniería incipiente.

La creatividad, por supuesto, no surge de la nada. Ahora, a la distancia, es posible encontrar en el relato de Shelley ciertos reflejos de la formación que recibió al lado de su padre –William Godwin, filósofo y político– y de su madre –Mary Wollstonecraft, igualmente escritora, filósofa y abogada destacada–. 

Después de todo, Frankenstein no es sólo un relato gótico o de horror, sino que puede leerse como una discusión sumamente inteligente y lúcida en torno a una pregunta fundamental de la filosofía: ¿qué hace al ser humano ser lo que es y no ser algo más? Bajo el pretexto de la inquietud por el dominio de la ciencia en otros ámbitos de lo humano, Shelley confección una inquisición brillante sobre la condición humana en el contexto de la industrialización y el ascenso ya indisputable del capitalismo como sistema económico y de organización social. ¿Qué es el ser humano en un mundo dominado por el intento de racionalización de todos y cada uno de los aspectos de la existencia? ¿Qué lugar queda para la condición humana –no exenta de irracionalidad– en un mundo así?

Esas y otras preguntas son las que sostiene el relato de Mary B. Shelley. Y quizá por ello Frankenstein –subtitulado, muy elocuentemente, “o el moderno Prometeo”, como el titán de la mitología griega que robó el fuego a los dioses para regalárselo a la humanidad– es todavía vigente. Y cabría decir: ahora más que nunca.

 

Imagen de portada: Nebuchadnezzar, William Blake (ca. 1795-1805)

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